¿Cómo? ¿Un disco de solo siete canciones? ¿Y cada una dura entre cinco y ocho minutos? ¿Pero qué locura es esta?
Me temo que, en estos tiempos en los que se impone la música de consumo rápido y olvido
instantáneo, el nuevo álbum de Diego Vasallo es precisamente eso: una locura imprescindible. Una rareza obligada, una rebelión forzosa; la maravillosa anomalía de un artista que solo obedece a su propio instinto. En su caso, así ha sido siempre; con todos sus cambios de timón, la carrera de Diego presenta una envidiable coherencia. Quedan lejos los años de gloria popular de Duncan Dhu, los devaneos electrónicos y bailables de Cabaret Pop, el viaje hacia el esqueleto de la canción que concluyó en “Canciones en ruinas” (Warner, 2010).
Después de varios discos alejado del rock y de casi una década sin pisar un escenario, en 2016 emprendió el viaje de vuelta hacia un lugar en el que jamás había estado. “Baladas para un autorretrato” (Subterfuge Records, 2016) y “Las rutas desiertas” (Galerna, 2020) marcaron el camino a seguir. Volvieron las guitarras eléctricas y las baterías, regresó la tensión al ritmo de las canciones, se activó de nuevo el motor que pone en marcha las giras. Volvió el rock, sí, pero un rock diferente al que había facturado anteriormente. Se trataba de un rock adulto, oscuro y noctámbulo; un rock con los pies manchados de barro y la mirada turbia; un rock al que solo se puede llegar después de una vida entera escribiendo canciones.
“Caemos como cae un ángel” desarrolla y perfecciona las virtudes desplegadas en sus dos obras anteriores: instrumentación cruda y austera, melodías vestidas con sutiles ropajes eléctricos y protagonismo absoluto de la voz. Musicalmente, las canciones siguen bebiendo de las fuentes que mejor han calmado la sed de su autor en los últimos años: el blues antiguo, el country, el folk, el rock más primitivo, el soul, el jazz… Diego toma prestados elementos de estos estilos y los mezcla con arena para armar sus melodías. Esta vez lo ha hecho con una banda que entiende perfectamente sus intenciones y sabe convertirlas en sonidos, huyendo siempre de la aséptica pulcritud que aniquila cualquier rasgo de originalidad.
Mención especial merecen los textos. Que Diego tiene un talento excepcional para escribir letras es algo que ya sabíamos desde mediados de los ochenta. A lo largo de los años ha ido depurando su técnica y firmando cada vez mejores versos. Sin embargo, nunca antes había alcanzado el nivel de excelencia en el que se sitúa con las canciones de este disco. Como el buen pintor que es, utiliza su pincel de palabras para dibujar imágenes certeras, retratos en blanco y negro, paisajes llenos de claroscuros. El lienzo del mundo que nos ha tocado vivir es sombrío, pero entre las nubes se cuelan rayos de luz y esperanza. La emoción, latente en todo el álbum, se desborda en su último corte, «Aquellas calles tuyas», sincero homenaje a su compañero de oficio y amigo del alma, el tristemente fallecido Rafa Berrio.
Un disco de solo siete canciones. Y cada una dura entre cinco y ocho minutos. No es ninguna locura. Es el disparo de lucidez de un artista que se niega a poner límites a su talento. Porque, independientemente de lo que diga el manual de la perfecta canción pop, los discos duran lo que tienen que durar y las canciones terminan cuando tienen que terminar. Porque, aunque los algoritmos ejerzan su aplastante tiranía y hayan conseguido estandarizar la práctica totalidad de la producción musical, todavía quedan creadores que se rebelan y alumbran su obra como creen que deben hacerlo. Sin injerencias. Como se han escrito siempre las canciones que perduran en el tiempo.
Javier Escorzo